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San Martín de Porres: el camino del que no busca ser visto

Vivimos en una época en la que muchos quieren sobresalir, opinar, mostrarse. Todo parece medirse por la visibilidad, la cantidad de seguidores o los aplausos que se reciben. Pero Dios mira lo contrario: lo escondido, lo pequeño, lo silencioso.

Y pocos han vivido eso con tanta pureza como San Martín de Porres.

Una vida sin honores ni privilegios

San Martín nació en Lima, en 1579, hijo de una mujer negra liberada y de un hidalgo español. Desde niño conoció la humillación y el desprecio. No tuvo derechos, ni nombre, ni fortuna. Cuando pidió ser admitido en el convento de los dominicos, solo le permitieron entrar como “donado”, es decir, sirviente. No se quejó. No exigió nada. Aceptó su puesto, el más bajo, y desde allí sirvió a todos.

Barría los pasillos, curaba a los enfermos, remendaba la ropa de los demás. En todo buscaba pasar desapercibido. Su meta no era destacar, sino ser el último.

Mientras otros se disputaban cargos o reconocimiento, San Martín se escondía. Y fue precisamente ese deseo de desaparecer lo que lo hizo brillar a los ojos de Dios.

El camino del último

l Señor dijo: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.”  San Martín tomó esa frase al pie de la letra.  Nunca buscó protagonismo. Si lo alababan por alguna curación o milagro, respondía: “Yo te curo, pero Dios es quien te sana.”

Su humildad no era pasividad, sino fuerza interior. Sabía quién era: un siervo. No buscaba justificarse ni defenderse, porque se sabía amado por Dios.  En una ocasión, cuando un superior lo reprendió por desobedecer al atender a los enfermos, respondió con calma: “Perdóneme, mi Padre, pero la caridad no tiene límites.”

Esa fue su regla de vida: obedecer a la caridad antes que a la vanidad.

Un contraste con nuestro tiempo

Hoy se alaba al que impone su opinión, al que logra fama, al que se hace notar.

Pero la santidad no pasa por ser conocido, sino por ser fiel. San Martín no construyó su vida sobre la admiración ajena, sino sobre el silencio y el servicio. Mientras el mundo busca la atención, él buscaba el anonimato.

Mientras el mundo exige derechos, él ofrecía sacrificios. Mientras el mundo busca el ascenso, él se hacía el último.

Su ejemplo es una llamada a revisar nuestro modo de vivir incluso dentro de la Iglesia. ¿Cuánto hacemos para que nos vean? ¿Cuánto nos duele no ser reconocidos? ¿Servimos para la gloria de Dios o para la nuestra?

El fruto del silencio

San Martín no escribió tratados, no predicó grandes sermones, no dirigió multitudes. Y sin embargo, su sola presencia cambiaba los corazones.

Los pobres, los enfermos, los esclavos, los despreciados… todos encontraban en él una mirada limpia, una palabra justa, una mano que curaba sin pedir nada.

Dios lo elevó porque supo bajar. Lo hizo grande porque eligió ser pequeño. Esa es la verdadera medida de la santidad: cuánto se deja uno ocultar para que solo Dios resplandezca.

Un llamado para nosotros

San Martín no vivió en un tiempo más fácil que el nuestro. También él soportó desprecios, injusticias, limitaciones. Pero no se volvió amargo. Su respuesta fue sencilla: servir más y hablar menos.

Cada cristiano tiene la oportunidad de seguir ese mismo camino. Podemos servir sin reconocimiento, ofrecer el último lugar, callar cuando querríamos defendernos, sonreír cuando el mundo se queja. Esa es la escuela de San Martín: una santidad que no hace ruido.

En tiempos de vanidad y exhibición, San Martín de Porres nos recuerda que el Reino de Dios crece en lo oculto. No necesitamos ser vistos para ser útiles. No necesitamos ser admirados para ser santos. La verdadera grandeza está en lavar los pies de los demás sin que nadie lo note. El cielo pertenece a los que sirven sin buscar recompensa.

Pidamos a San Martín que nos enseñe a no temer al silencio, a no buscar ser primeros, y a encontrar en el servicio humilde el camino más seguro hacia Dios.

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