En el silencio austero de un convento, y a la vera de un monte tranquilo, un joven llamado Francisco Possenti —más tarde conocido como San Diego de Alcalá— escuchó una voz que cambiaría su vida. Nacido en 1400, Francisco provino de la pobreza; sin embargo, fue precisamente en su corazón humilde donde brotó la grandeza de la obediencia.
La llamada a servir
Desde muy temprano, Diego sintió el impulso a la vida de oración y soledad. Ayudaba al ermitaño que vivía en el monte y aprendió de él la meditación y el amor al Crucificado. Pero Dios tenía otros planes: le pidió entrar a la Orden Franciscana y luego lo envió como misionero a las Islas Canarias, donde defendió a los nativos y predicó sin miedo.
Era un llamado que superaba sus fuerzas humanas: “¿Cómo podré yo cumplir esta misión?”, podría preguntarse. Y sin embargo obedeció.
La tremenda tarea: milagros y enfermedad
Como humilde lego franciscano fue nombrado superior del convento, a pesar de su falta de estudios formales. En Roma, atendió enfermos incurables y obró curaciones milagrosas.
Más tarde, ya enfermo de tuberculosis, dejó el mundo a los 63 años el 12 de noviembre de 1463. Su muerte no fue un abandono: fue el fin voluntario de una vida entregada al servicio.
Y usted… ¿qué responsabilidad ha aceptado?
En nuestra cultura llenada de derechos y comodidades, hemos olvidado que la humildad se prueba en la obediencia y que las tareas más duras pueden ser enviadas por Dios.
¿Cuántas veces ha dicho “no puedo” antes siquiera de intentar? ¿Cuántas responsabilidades esquivamos porque parecen “demasiado grandes”?
San Diego mostró que la santidad se construye así: aceptando lo que Dios pide, confiando más que calculando.
La misión continúa
Permita que su ejemplo lo conmueva: si Dios le ha encomendado algo que teme, recuerde a San Diego. No solo quitó lo que era difícil; le dio lo que era más grande: una misión. Y usted también puede transformar su “no puedo” en un “sí, Señor, yo aceptaré”.
Que San Diego de Alcalá interceda por usted, para que en la obediencia humilde encuentre la gloria que el mundo niega, pero que Dios concede.
